Orlando es un personalísimo pintor, con obra
prolija, llena de poesía, de misterios y de emociones, al que referencié como
un gran artista. Después he comprobado que además es un gran hombre, íntegro,
que sigue su vocación con ahínco; sensible, altruista y compasivo, como queda
patente en la dedicatoria de esta su “opera prima” literaria, dice Orlando en
ella: “Dedico este libro /a mis hijos /a mis padres que Dios tenga en su
gloria/ y a toda la humanidad”. Aquí está dicho todo. Estas palabras no
precisan otra glosa. Esta es la personalidad del autor. Estos son sus valores y
sus poderes de humanista contemporáneo.
Orlando Arias es, como se ve, un espíritu cosmopolita
y además un soñador. Al igual que en su pintura, en “Los sueños de Alejandro y
de Isabel, el despertar de un nuevo amanecer” el autor se expresa en un meta-realismo,
que supera la memoria de los sueños, para introducirse en los espacios de la
fantasía.
La historia que cuenta en su libro, en parte
crónica de un tiempo y de una sociedad, tiene sus raíces, no solo en el Valle
de donde es oriundo, sino también, como él dice, “en el influjo que los ancestros
ejercen sobre el alma de cada uno”, ya que, en efecto, su narración es muy
propia de aquellos países andinos, en los que transcurrió su infancia y sus
primeras impresiones vitales, de las que toda persona es feudataria.
En la obra de Orlando Arias, como en su pintura,
aparecen los colores que dan vida a un riquísimo mundo cromático, alimentado
permanentemente por la realidad folklórica y popular de su país.
J.L. Montané ha definido a este pintor como un
“metafísico” y lo es, digo yo, porque su visión de los actos reales abarca a lo
que trasciende de la evidencia, para plasmarlo en su pintura con “una mirada
del más allá”, que es lo mismo que hace en su literatura. Pero Orlando Arias es
además y sobre todo un altruista, que ama a sus próximos y a sus lejanos. A su
prójimo, a sus hermanos. A la Humanidad. La compasión es su virtud relevante.
Iluminado por ella ha concebido la historia que da contenido a su libro y la ha
plasmado con el arrebato que da la pasión. Es una crónica apasionada del
quehacer de dos seres entregados a hacer el bien y ha impedir el mal que la
injusticia supone
La historia tiene dos protagonistas: Isabel y
Alejandro, que son jueces y partes del devenir vital de un pueblo llano y
laborioso… y también explotado. Isabel nace en un innominado pueblo, en casa
humilde, y es adoptada, en contra de la voluntad de su madre, por la familia
más rica y poderosa de la comunidad. Esta circunstancia será conocida más adelante
por Isabel, lo que constituirá un elemento importante para el
fortalecimiento de su natural rebeldía
ante la injusticia.
El niño Alejandro llega al pueblo con su familia
campesina y conoce muy tempranamente a Isabel. Desde entonces sus vidas quedan
inexorablemente unidas. El amor que nace entre ellos, ya en la adolescencia
fructifica, tras el matrimonio, en el pequeño Miguel, depositario de la
historia, en la que Alejando e Isabel, sus padres, son los protagonistas.
Historia que se trasmite por generaciones hasta llegar al tataranieto de los
protagonistas.
A Isabel, poseedora de una energía incontenible, la
domina y espolea el ardor y el dolor de la injusticia. Sentimiento en el que es
acompañada por su Alejandro, que comparte con ella la conmiseración hacia los pobres
y oprimidos.
Con esta vocación arrolladora, Isabel inevitablemente
se convierte en una líder popular y termina por crear un partido político, con
el que concurre a las elecciones. Una vez ganadas, inicia toda una serie de
reformas sociales y económicas que, inevitablemente despiertan el odio de los
poderosos, por lo que finalmente, amenazada de muerte, se ve obligada a abandonar.
No se rinde, no renuncia Isabel a su sueño quimérico de su personal utopía,
simplemente aplaza su consecución cuando dice: “nuestra labor de hoy será
centrarnos más en la educación de los niños, ellos están llamados a cambiar el
mundo”.
Alejandro, en sus oníricas ensoñaciones, ha de ser,
cual caballero artúrico, el rescatador y salvador de su señora Isabel y la lleva,
al final de sus sueños, guiado por la Nereida, a alcanzarle el triunfo, cuando:
“el padre de Nereida colocaba la corona en la cabeza de Isabel, los asistentes
se pusieron de pie y aplaudían a Isabel, como Reina del Mar”.
Esta
novela se desenvuelve entre el naturalismo de la experiencia más escueto y la
fantasía más exuberante, que va desde, (sigamos a Italo Calvino), lo
fantástico visionario a lo fantástico mental, no despreciando la ciencia
ficción, por dos vías que se entrecruzan en el transcurso de la peripecia del
relato y que es explicada mediante el monólogo continuado de un narrador
omnisciente. Finalmente la narración toma un sesgo sorprendente, que de alguna
forma nos remite al universo kafkiano, de cuyo espíritu está impregnada toda la
obra, al unir lo fantástico y lo verdadero en una acción proyectada a un
futuro nebuloso.
Son muchos los personajes, tanto reales como
oníricos. Sin embargo el autor prescinde de cualquier diálogo interpersonal. El
único diálogo existente es el que el autor establece con el lector al que
dirige sus palabras y pensamientos.
La obra recoge las utopías que de un humanismo
radical y fabiano, puro e ingenuo, en el que se desgranan los paradigmas de una
sociedad, en la que la injusticia es doblegada por el tesón de quienes hacen de
la justicia su arma y armadura contra el poder y el egoísmo.
La lectura y la comprensión del texto son inmediatas,
sin complicaciones estilísticas, que pudieren difuminar y entorpecer el
discernimiento del mensaje y el autor lo consigue mediante el empleo de un
léxico directo y sencillo. También aquí se pueden establecer algunas
concomitancias con la obra kafkiana, ya que, “mutantis mutandis”, conforme
señala el ensayista y crítico de la obra de Kafka, Tomás Barna: “Su prosa no se
distorsiona jamás. Hay una lógica, una naturalidad, un razonamiento tan claro
y veraz en los acontecimientos reales o imaginarios que presenta… que torna lo
aparentemente más delirante y absurdo en verdad irrefutable”. Y es que,
“mutatis mutandis”, todo eso se puede predicar de la prosa y de la literatura
que Orlando Arias desarrolla en esta su “opera prima”.
El relato, siguiendo un proceso diacrónico, está
compuesto por un caleidoscopio de escenas que explican las historias de los dos
protagonistas, Isabel y Alejandro, a los que las circunstancias unen y así
continúan hasta más allá del fin de la narración, que está plena de inocencia.
La peripecia de Isabel está narrada en un estilo
radicalmente realista, naturalista, en el que no se ahorran los detalles de la
crueldad, a los que puede llegar el egoísmo de los poderosos, en su relación
con sus semejantes, según la experiencia nos demuestra día a día y podemos
constatar, si nos mantenemos atentos al clamor de los oprimidos.
Alejandro es coprotagonista de la historia de
Isabel, pero al mismo tiempo, es protagonista de la historia que en los sueños
tiene, en los que aparece como caballero de Camelot valedor y salvador de
Isabel, a la que acechan peligros innúmeros e inimaginables. Solo imaginables
en el mundo onírico en el que el protagonista se desenvuelve. El autor, en la
narración de estos sueños, usa todo tipo de recursos literarios, que van desde
los que Lewis Carrol empleó en el país maravilloso de Alicia, pasando por los
que J.R.R. Tolkien desarrolló para su Señor de los Anillo, hasta los que la
también británica J.K. Rowling manejó para explicar las peripecias de su
niño-mago, Harry Potter.
Así como la historia de Isabel es una imagen fiel
de los acontecimientos reales que componen
su entramado, los sueños de Alejandro constituyen una gran metáfora con
la que el autor describe la lucha por conseguir los ideales del protagonista
entre los que destaca su afán por salvar y proteger a su señora. La narración
puede leerse de corrido, siguiendo su discurrir cronológico, o puede leerse
abriendo el libro por cualquier capítulo, pues que cada uno de ellos
constituyen de por si un relato en el que se da, según la preceptiva clásica:
Un planteamiento, un nudo y un desenlace.
Orlando Arias, el autor, es sin duda, un hombre de
convicciones que vuelca en su relato y si bien es cierto que, como decía Ortega
y Gasset “nuestras convicciones más arraigadas son las más sospechosas, porque
constituyen nuestros límites, nuestros confines, nuestra prisión”, no es menos
cierto que, como afirmó el poeta alemán Heine, sólo aquellos que tienen
convicciones son capaces de concebir y edificar bellas y poderosas catedrales
góticas. Pero como dice el ya citado ensayista Tomás Barna: “La riqueza de la
obra literaria nos confirma también, que los símbolos denominados “universales”
no son la materia esencial de la creación artística, puesto que - en sí mismos
- son elementos estériles. Sólo cuando se hallan animados de una experiencia
personal y adquieren la vibración que emana de los sentidos, logrando crear
atmósferas en la que se entremezclan la ambigüedad y la sugerencia… los
símbolos pueden conmover y emocionar profundamente”. Y este es el caso.
A esta obra, por tanto, (yo diría, que a toda
narrativa), hay que acercarse con actitud meditativa e, incluso, introspectiva,
para llegar a descubrir la esencia y el fundamento de toda proposición, sea
racional o ideal, que en ella se explicita. Es decir, debemos abordar su
lectura con una disposición intelectual abierta a las consecuencias del
impacto, inmediato y subsiguiente, que pueda producirnos, para aprovechar
aquello que el texto y el contexto nos propone y vibrar y emocionarnos con
ello. Aceptado esto, entiendo, con el autor, que es así como el futuro lector
debe acercarse a esta narración, y solo bajo esta óptica, ha de entenderse la
advertencia que nos hace en la Introducción a la narración, cuando escribe:
“hay que leerla con mente abierta, receptiva, sin prejuicios de ninguna clase,
desprovisto de todo interés personal y hacer volar a nuestra imaginación, para
capturar la magia y los misterios que encierra el Universo”.
Amén,
digo yo.

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